Si tuviese que mencionar algunos de los recuerdos más felices de la biblioteca de mi memoria, fácilmente podría seleccionar mi trayectoria en este colegio al que he llegado a considerar mi hogar en algún momento de mi vida.
Son recuerdos alegres, agridulces, pesados, cansados, nostálgicos, bonitos. Y es que mi memoria es selectiva y organizada; cada estantería guarda en su interior un recuerdo diferente que me ha hecho aprender o crecer como persona, aunque también algunos me han hecho apretar los puños con rabia o han humedecido mis ojos, emocionándome.
Al fin y al cabo, es una larga etapa de mi vida. La experiencia es parte del proceso y jamás una persona podrá disfrutar en la cumbre de la felicidad sin haberse empapado los pies antes con el frío mar.
Por ello, a día de hoy, recuerdo como una etapa enriquecedora a mi estancia en el Colegio El Salvador.
Todas las historias tienen un comienzo, y el mío fue a los tres años.
Los relatos y las anécdotas que mis padres narran me hacen recordar a mi yo en mi infancia: una niña creativa, curiosa y empática. Estoy orgullosa de haber sabido mantener dichas cualidades durante toda mi vida hasta hoy.
Mi fuerte carácter ha sido notable a lo largo de los años, tal y como recuerdan sus historias. Por otro lado, desde pequeña he tratado de ser comprensiva con el resto e intentar ponerme en su piel en todo momento.
Entre risas, punzones y canciones para recoger, llegó la etapa de Educación Primaria. Me invade la melancolía al recordar mi infancia: sí, es una etapa de la vida como otra cualquiera, pero no puedo evitar pensar en que ya terminó. Cuando pedía ayuda a mi madre para realizar una multiplicación se acabó; correr donde mi padre para que me preguntase las tablas de multiplicar se acabó. Y ya no volverá.
Me entristece y alegra a partes iguales pensar en que hay profesores que me han visto crecer a lo largo de los años. Pensar que he sido un recuerdo fugaz en la vida de mis compañeros y de mis profesores. Es realmente aterrador si lo piensas: el tiempo corre. Y no, no es una película que puedas pausar para retomarla más tarde. Cada decisión que tome puede afectar en mi vida o en la de las personas de mi alrededor de algún modo u otro. Tampoco puedo retroceder en el tiempo como una película. Todavía recuerdo mi etapa de primaria como un proceso de aprendizaje y como algo vital y fundamental.
Recuerdo, además, momentos como quinto: especiales, diferentes. El Covid-19 acababa de llegar y lo que no sabíamos era que para quedarse. En momentos tan oscuros, me gusta resaltar momentos de luz y de claridad, como las llamadas grupales que hacíamos todos juntos, tanto para dar clase, como para preguntarnos cómo estábamos después de todo.
Sin embargo, todo camino termina; la ESO estaba a la vuelta de la esquina. He intentado durante mi vida no estar segura de lo que me dicen y siempre dar el beneficio de la duda a las cosas: algo similar sucedió con la secundaria.
Tenía un gran peso a mi espalda, cargando con los buenos momentos de primaria, todas las convivencias en Corconte, los concursos de tablas de multiplicar que siempre ganaba y las risas.
Tras la cuarentena, me había convertido en una chica algo más tímida, y con todo lo que había escuchado sobre la ESO, entré con nervios. No obstante, resumiría mi etapa por secundaria como la mejor que he vivido hasta este momento.
He conocido amistades que me reafirman quién soy y que muestran apoyo incondicional a mis proyectos y a mí.
Respecto a las asignaturas... Lo primero que aparece en mi mente son las clases de Historia, tanto en cuarto como en segundo. Nunca pensé que me interesaría tanto por lo que ocurrió en el pasado; sin embargo, ahora no puedo parar de investigar, pues me encanta aprender cosas nuevas por las que nunca había mostrado interés.
Durante las tutorías a lo largo de estos cuatro años he recibido muchas palabras bonitas que me guardo para mí. Solo puedo estar agradecida por todo lo que he aprendido y por poder desarrollar un gusto por ciertas asignaturas que perdurarán en el tiempo.
En primero, me interesé tanto por Lengua y Literatura, que comencé a leer como un hábito y como algo que me apasionaba.
En segundo, comencé a ver el arte de otra manera, al profundizar tanto en el significado de la obra como era posible en Historia del Arte. Aquellas clases me marcaron.
En tercero, fue un gran salto a la madurez completa, y fue cuando desarrollé un gusto por el funcionamiento del cuerpo humano en Biología.
En cuarto, recuerdo con nostalgia todas estas clases. En este instante, puedo afirmar que sé quién soy, y sé lo que me gusta. Todo ello, gracias a algunas clases, pero, sobre todo, a los profesores que se han preocupado por mí y por hacernos ver que no eran solo clases teóricas, sino temas que apasionan a gran parte de la población, y que hacen que podamos comprender la sociedad en la que vivimos ahora, el comportamiento de las personas o lo que hay detrás de la letra de tu canción favorita.
Ahora que he indagado por todos los libros de todas las estanterías de mi memoria, puedo afirmar que no hay ninguna página en blanco. Sin embargo, frente a esta estantería, hay otra totalmente diferente: no hay ni un solo libro. Está vacía.
Supongo que todavía soy joven y me queda mucho por vivir, pero nunca me olvidaré de mis raíces y de quien me vio crecer.
Ahora que empieza otra etapa nueva de mi vida, estoy deseando ver lo que le espera al nuevo capítulo, a la nueva estantería: nuevas personas con objetivos diferentes y nuevas maneras de ver el mundo que nos rodea; viajes a países que nunca creí visitar o nuevas pasiones que no vi venir. Libros que me quedan por leer o canciones que me quedan por descubrir y escuchar.
Gracias al Colegio El Salvador por formarme como persona, por las palabras bonitas y por los buenos momentos. Vuestra estantería nunca estará vacía, ni aunque se apague la luz de la biblioteca.

